Benito Pérez Galdós (1843-1920) es, aun hoy, y para muchos, el principal novelista español después de Cervantes. En años posteriores, sólo unos pocos -Ramón María de Valle-Inclán (1866-1936), Pío Baroja (1872-1956), Camilo José Cela (1916-2001) o Miguel Delibes (1920-2010), por citar unos pocos nombres de autores muy consagrados- resisten algún tipo de comparación en cuanto a abundante producción de calidad y construcción de todo un universo novelístico. Fue también un importante dramaturgo, divulgador histórico (por ejemplo, sus Episodios nacionales), crítico literario y cronista político.
Activismo social en Madrid
Estudió la carrera de Derecho. Desde su llegada a Madrid en 1862 se relaciona con círculos de influencia, como el que había en torno a Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), el fundador de la Institución Libre de Enseñanza y el introductor en España de las ideas krausistas. Sin embargo, hacia mediados de su vida, Galdós se va distanciando cada vez más de la ideología de los institucionalistas, aunque comparte muchas de las ideas del krausismo (adaptación en España del pensamiento del filósofo alemán Krause). En este sentido, y en relación con sus ideas religiosas, es posible que Galdós fuera agnóstico, pero a la vez sentía una confesada admiración por el espíritu del Evangelio, como se aprecia en Nazarín y Marianela.
Galdós escribe regularmente en revistas y en periódicos de la época, tarea que le servirá para conocer más de cerca la realidad que luego convertirá en literatura. Incluso traduce del inglés Los papeles del Club Pickwick, de Dickens, autor y obra que influyeron de manera determinante en su concepción de la litertura. Después de dar a la luz dramas en verso al estilo romántico –lo que se escribía por entonces-, adelantándose a su tiempo, escribe La Fontana de Oro (1870), la primera novela moderna española y que ya está ambientada en el omnipresente Madrid galdosiano, en este caso en un café cercano a la Puerta del Sol, centro de reunión de escritores, artistas y políticos a comienzos del siglo XIX. Galdós ambienta la novela en el trienio liberal, de 1820-1823, y recrea las reuniones clandestinas de los conspiradores, las tertulias de los viejos cafés, las manifestaciones populares y las ejecuciones de la Plaza de la Cebada. Por su madrileñismo, se le considera ya el heredero de Ramón de mesonero Romanos.
Desde esa fecha, la publicación de novelas se sucede sin pausas: La sombra (1871), El audaz (1871). En ellas, se aprecia un romanticismo tardío y un maniqueísmo ideológico, que es todavía más acusado al publicar estas nocelas “por entregas”, recurso que le viene bien para fijar los carcateres de los personajes y almentar el interés melodramático. Galdós es ya un prolífico escritor conocido en los ambientes literarios y se relaciona con los escritores célebres. Viaja por Europa. En 1886 realiza su primera incursión en la política, al salir elegido diputado, defendiendo así –con la literatura y la política- las ideas que triunfaron tras la Revolución del 68, aspecto este de la biogra´fia de Galdós que acaba de resaltar Francisco Cánovas Sánchez en su biografía Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso (Alianza).
Galdós no se casó nunca. Tuvo en 1891 una hija fuera del matrimonio, con su antigua amante Elena Cobián. Ese mismo año comienzan sus relaciones con la actriz Concha Morel. Mantuvo una larga relación sentimental con la novelista condesa Emilia Pardo Bazán, como se demuestra en la correspondencia que se dirigieron.
De temperamento tranquilo y de actitud tolerante, fue un gran cultivador de la amistad, tanto con quienes eran semejantes en las ideas (Giner de los Ríos, Clarín) como con quienes estaban casi en sus antípodas (José María Pereda, Marcelino Menéndez Pelayo). La amistad entre estos hombres pudo más que las diferencias ideológicas. Menéndez Pelayo y Juan Varela fueron, por ejemplo, los principales impulsores para el ingreso en 1889 de Galdós en la Real Academia de la Lengua.
Sus primeras novelas
Tras la aparición de La Fontana de Oro (1870), Galdós escribe las que se denominan como “primeras novelas”, conjunto de obras en las que, a pesar de las diferencias, guardan una estrecha relación de intención, pues buscan desenmascarar la vida falsa y vacía de la sociedad española de aquellos años. En este sentido, reduce los problemas de España a la política y la religión. En estas novelas de tesis, con muchos ingredientes sociales y políticos –La sombra(1871), El audaz (1871), Doña Perfecta (1876), Gloria (1877), La familia de León Roch (1878)-, critica también Galdós, con mucho didactismo, la nula capacidad de reacción que observa en el pueblo español, satisfecho con su mediocridad. Las mejores novelas son aquellas que, como Marianela (1878), superan el explícito maniqueísmo.
En estos años escribe también las dos primeras series de los “Episodios Nacionales”, que incluyen en esta primera etapa desde la Guerra de la Independencia al reinado de Fernando VII. Los más conocidos episodios son Trafalgar, Bailén, Zaragoza. Escribió un total de 46 episodios, que se extienden hasta el reinado de Alfonso XII.
Madurez y consolidación
A partir de 1881 el realismo de Galdós se hace menos dogmático y más humano. Dejan de aparecer en sus novelas, de manera tan aplastante, los asuntos políticos y sociales –aunque siguen presentes siempre desde una perspectiva liberal y progresista- y presta más atención a los ambientes madrileños y a sus personajes. Si antes sus personajes eran más bien estereotipos que encarnaban una idea, ahora es el análisis de tipos lo que más le interesa. Destacan especialmente El amigo Manso (1882), La de Bringas (1884) Fortunata y Jacinta (1886-87) y Miau (1888).
Más adelante se desvincula Galdós de este estilo tan realista para dejar paso a un naturalismo (una exageración de las formas realistas) de marcado cariz espiritualista, como puede apreciarse en Ángel Guerra (1890-91), Nazarín (1895) y Misericordia (1987).
Con sus diferencias, supo Galdós, en general, convertir la vida concreta de su tiempo en materia novelable, aplicando a esta realidad su capacidad de comprensión del corazón humano. No sólo le importan los ambientes físicos –que tan presentes están en su obra de una manera detallada y fotográfica-, también se interesa por conocer las almas que pueblan un Madrid lleno de contrastes. Sobre esta realidad, aplica Galdós su técnica espontánea, nada barroca ni complicada, y su individual tono narrativo, con esa mezcla de ternura e ironía que es tan habitual en sus novelas.
Murió en Madrid en la madrugada del tres de enero de 1920. Tuvo un entierro multitudinario en el cementerio de La Almudena. Muchos de los autores de las generaciones siguientes escribieron artículos de homenaje, entre ellos Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset.






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