Recuperamos un artículo escrito por Rocío Ruiz, directora de Troa-Neblí, en el que realiza un encendido elogio del trabajo que se hace en las librerías. Nos parece que es un buen momento para leerlo, pues pone en valor la capacidad de las librerías de adaptarse a las circunstancias (también ahora, que estamos viviendo un momento excepcional). Troa Librerías y Neblí están estos días potenciando la información a sus clientes, proporcionándoles sugerencias de lecturas sobre temas variados y ampliando los servicios a través de la web.

En los últimos meses, han cerrado varias librerías tradicionales en diferentes ciudades españolas. Eran librerías con solera, con prestigio, que han servido libros a sus clientes durante décadas. Todas habían prestado un impagable servicio cultural. Sin embargo, han cerrado a cal y canto. Dos son, a mi juicio y por simplificar, las causas más comunes a la hora de explicar estos tristes cierres: la desleal competencia de las librerías por Internet y la negativa realidad lectora y compradora de nuestro país, donde la cultura en sus diferentes manifestaciones (leer libros es una de ellas) ocupa un lugar marginal en las preferencias de muchísima gente. Es una lástima que hayan cerrado estas librerías, porque son el termómetro del movimiento cultural de un barrio y de una ciudad. Y lo digo por experiencia, pues llevo muchas décadas dedicada a vender libros en librerías.

Por eso, quiero hacer en este artículo un encendido elogio del papel que desempeñan las librerías y los libreros para elevar el nivel cultural de este país.
Estamos ante un negocio peculiar, en el que no se trata de vender libros al peso ni a espuertas. Los libreros vendemos de todo, es cierto, y hasta productos de papelería, que de todo hay en las librerías. Pero nuestra principal misión es servir de mediadores entre los miles de libros que se publican y los posibles lectores. Ser librero exige, por un lado, estar al día, conocer la tendencias del mercado, los géneros más de moda, los temas que cuentan con más interés, los autores que venden como churros y los prestigiosos y minoritarios. Por otro lado, hay que conocer a los lectores, sus preferencias, sus filias y fobias, sus manías, lo que más puede interesar a su estado de ánimo y a su carácter. El librero debe combinar una gran preparación cultural, a la que hay que dedicar tiempo (que a menudo no se tiene), con muchas dosis de paciencia, psicología y sociología, pues no es lo mismo vender libros en un barrio que en otro, en una ciudad que en otra, a un lector que a otro.
Además, y es lo que hacemos en Troa Librerías, tenemos nuestra escala de valores literarios. Nos gusta recomendar nuestros descubrimientos, que muchas veces no vienen avalados por ninguna campaña de marketing; nos gusta apostar por autores que vemos que aportan novedad y riesgo; nos gusta promover libros que muchas veces sabemos que lo van a tener crudo en el contexto cultural actual. Huimos de los libros de usar y tirar, de las novelas clónicas y de aquellos libros que se vuelven en contra de la dignidad humana, que los hay y muchos más de los que parece a simple vista.
Las librerías en general, y Troa en particular, nos hemos transformado cada vez más centros de difusión de la cultura, proporcionando vitaminas a una sociedad que necesita de libros que sumen calorías, que aporten savia fresca a unos lectores que, a menudo, están demasiado condicionados por el marketing y lo que está de moda, lo que les lleva a leer solo lo que está establecido, encerrados en una espiral de autores y premios de temporada.
Tras muchos años de experiencia, tengo que alabar y destacar el trabajo que realizan los libreros, de manera especial nuestros libreros. Seguro que todos conocemos librerías que despachan libros como si se tratasen detergentes y librerías que cuentan con unos libreros especializados que asesoran, aconsejan, sugieren y proponen, convirtiendo las librerías en un lugar que no sólo se despacha sino que se visita para dar una vuelta, charlar un rato, ver novedades y comprar algo (que también hace falta para mantener el negocio). Algunas librerías dejan que todo el trabajo lo haga la publicidad, lo que está de moda, y su misión consiste solamente en desempaquetar y proporcionar a los lectores montañas de best-seller de lo que lee todo el mundo.
Pero hay muchas librerías y libreros que hemos asimilado que este es un negocio singular y que no se trata de vender por vender. Las buenas librerías no son sólo las que cuentan con grandes estanterías sino las que, como opina Jorge Herralde, director de Anagrama (editorial que ha celebrado recientemente su 50º Aniversario), “estén llevadas por buenos libreros, vocacionales, libreros de cabecera que conozcan a sus clientes, que sepan lo que llevan entre manos”.
Libreros, pues, que saben de libros, que están dispuestos a combinar la tradición con la modernidad, lo nuevo con lo viejo, la actualidad con lo clásico. Libreros que salen al encuentro de los lectores que no identifican exclusivamente literatura con entretenimiento al por mayor. Libreros que con su entusiasmo, su sabiduría y su trabajo contribuyen a que muchos lectores que frecuentan las librerías ganen en cultura y libertad.
Rocío Ruiz Ruiz Ruiz
Librería Neblí – Troa
Mendel el de los libros
Stefan Zweig
Acantilado. 57 págs.
Nuestras riquezas
Kaouther Adimi
Libros del Asteroide. 192 págs.
84, Charing Cross Road
Helene Hanff
Anagrama. 126 págs.
La librería ambulante
Christopher Morley
Periférica. 184 págs.
La librería
Penelope Fitzgerald
Impedimenta. 208 págs.
Shakespeare & Company
Sylvia Beach
Ariel. 235 págs.
Una lectora nada común
Alan Bennett
Anagrama. 128 págs.
Diario de un librero
Shaun Bythell
Malpaso. 368 págs.
Cosas raras que se oyen en las librerías
Jen Campbell
Malpaso. 152 págs.
Librerías
Jorge Carrión
Anagrama. 368 págs.
Una librería en Berlín
Françoise Frenkel
Seix Barral. 296 págs.
Mi maravillosa librería
Petra Hartlieb
Periférica. 240 págs.
Una librería con magia
Thomas Montasser
Maeva. 168 págs.
Firmin
Sam Savage
Seix Barral. 224 págs.
El librero de Kabul
Asne Seierstad
Maeva. 272 págs.
El librero de Selinunte
Roberto Vecchioni
Gadir. 125 págs.
Memorias de un librero
Héctor Yánover
Trama. 224 págs.



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